La gobernanza de la inteligencia artificial suele reducirse a políticas, listas de verificación y documentación elaborada a posteriori para demostrar cumplimiento. Aunque estos elementos pueden satisfacer requisitos formales, rara vez abordan el origen real del riesgo.
En sistemas complejos habilitados por IA y en entornos ciberfísicos, el riesgo no surge por la ausencia de documentos.
Surge de las decisiones: cómo se toman, quién es responsable de ellas y si dichas decisiones siguen siendo válidas a medida que los sistemas evolucionan.
Tratar la gobernanza como una disciplina operativa implica integrarla directamente en el ciclo de vida del diseño, el despliegue y la operación continua de los sistemas. La gobernanza debe existir allí donde se toman las decisiones, no donde se archivan los informes.
Sin responsabilidad operativa, la gobernanza se vuelve retrospectiva y simbólica.
Con ella, la gobernanza se convierte en un mecanismo de control vivo que orienta el comportamiento, limita el riesgo y preserva la confianza a lo largo del tiempo.
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