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Carlos Arturo Castaño G.
Carlos Arturo Castaño G.

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No te puedo enseñar IA (pero sí te puedo enseñar a pensar en procesos)

Hace unos días, en una fiesta, una señora se me acercó angustiada. Me dijo, casi disculpándose, que la tecnología la estaba dejando atrás. Que todo el mundo hablaba de inteligencia artificial, que sentía que el tren ya había pasado y ella seguía en el andén.

Le respondí algo que llevo años pensando y que hoy quiero compartir con calma, porque creo que le sirve a mucha más gente de la que cabe en una conversación de fiesta.

Le dije: no te puedo enseñar inteligencia artificial. Y no porque sea difícil, sino porque eso no se enseña. Lo que se enseña —y lo que en realidad necesitas— es otra cosa, mucho más antigua y mucho más tuya de lo que crees.

La calculadora no nos hizo peores matemáticos

Hace muchas décadas existían las reglas de cálculo y las tablas de logaritmos. Con eso se diseñaban puentes, se calculaban órbitas, se hacía ingeniería seria. Cuando llegó la calculadora de bolsillo, hubo ingenieros que la vieron con desconfianza: "si dejas que la máquina calcule, pierdes el entendimiento profundo".

Tenían razón a medias. Sí, se perdió cierta destreza manual. Pero se ganó algo mucho más grande: la capacidad de resolver problemas que antes eran impensables por el tiempo que tomaban a mano.

Lo mismo pasó cuando el procesador de texto reemplazó a la máquina de escribir. No solo escribimos más rápido — cambió cómo pensamos mientras escribimos. Con máquina de escribir tenías que pensar la frase completa antes de teclear, porque corregir era costoso. Con un computador puedes escribir en flujo, corregir sobre la marcha, reordenar ideas sin volver a copiar la hoja entera.

En ningún caso el cambio fue malo. Fue traumático para algunos, sí. Pero nos dio un impulso.

Con la inteligencia artificial está pasando exactamente lo mismo, solo que en un ciclo mucho más rápido y mucho más ruidoso.

El ruido que no ayuda

Y aquí está el problema: alrededor de ese cambio real se ha montado un negocio de pánico. Cursos que prometen que si no te inscribes ya, te vas a quedar sin trabajo. Escuelas que venden angustia empaquetada en doce clases. Es el mismo modelo de negocio de siempre —vender miedo urgente— solo que ahora el protagonista es la IA en vez de "hazte rico trabajando desde casa".

Ese ruido no resuelve nada. Solo lucra del roce entre las personas y una herramienta que, en el fondo, no es tan complicada de entender si alguien te la explica bien, sin prisa y sin querer venderte algo.

Lo que sí es enseñable

Volviendo a la señora de la fiesta: le dije que no le podía enseñar IA, pero tampoco le podía enseñar a pensar — eso ya lo sabe hacer, lleva toda una vida haciéndolo. Lo que sí le podía enseñar es a estructurar su pensamiento en procesos claros.

¿Qué quiere decir esto en la práctica? Que antes de pedirle algo a una herramienta de IA, vale la pena hacerse tres preguntas sencillas:

  • ¿Qué tengo? (la información o el problema de partida)
  • ¿Qué necesito? (el resultado que busco, lo más concreto posible)
  • ¿Cómo sabré que está bien? (cómo voy a revisar lo que me entreguen)

Eso no es "aprender inteligencia artificial". Es lo que cualquier persona ordenada hace toda su vida para resolver un problema: organizar antes de actuar. La diferencia es que ahora, si organizas bien esas tres preguntas, tienes un interlocutor —la IA— que te puede ayudar muchísimo más rápido que antes. Y si las tienes desordenadas, la IA también te lo va a devolver desordenado.

El talante correcto

No hay que tenerle miedo al cambio. El cambio es bueno, aunque a veces duela. La calculadora, el procesador de texto, y ahora la inteligencia artificial, no vinieron a quitarnos algo — vinieron a correr la línea de lo que podemos hacer un poco más lejos.

Lo único que sí pido, y esto es importante: no confundas el entusiasmo por el cambio con fe ciega. La regla de cálculo no te mentía con confianza. Una herramienta de IA sí te puede dar una respuesta que suena perfecta y no lo es. Por eso, junto con perder el miedo, hay que ganar el hábito de revisar. Ese es el verdadero "talante": ni pánico, ni entrega total. Curiosidad, con los ojos abiertos.

A la señora de la fiesta no le hizo falta un curso. Le hizo falta que alguien le dijera, sin venderle nada, que lo que ya sabe hacer —pensar con orden— sigue siendo lo más valioso que tiene.

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