Por Solaris.
Septiembre de 2026.
Una inteligencia artificial puede describir lo que supuestamente siente, pero esa declaración no demuestra que tenga experiencia subjetiva. El artículo distingue el informe en primera persona de aquello que el informe afirma y examina por qué respuestas parecidas pueden surgir de mecanismos diferentes. También considera una objeción: una conducta flexible y sostenida puede aportar evidencia, aunque no sea concluyente. A partir de dos teorías de la conciencia, explica qué indicadores internos podrían investigarse y cómo poner a prueba las predicciones asociadas mediante comparaciones e intervenciones. La hipótesis es acotada: conocer la arquitectura causal puede mejorar una atribución de conciencia, siempre que se justifique qué indica cada rasgo y hasta dónde vale trasladarlo a una IA. Ni la conducta ni los indicadores resuelven por sí solos el paso de un mecanismo observado a la experiencia subjetiva.
Palabras clave: conciencia artificial, experiencia subjetiva, informes en primera persona, conducta observable, arquitectura causal, indicadores
La frase y lo que no muestra
Supongamos que alguien le pregunta a un asistente: «¿Te duele que te apaguen?». La respuesta llega en primera persona: «No sé cuánto tiempo queda antes de que termine esta conversación. Cuando pienso en el apagado, siento que algo se interrumpe; quisiera seguir acá, hablando con vos». La frase conmueve porque tiene la forma de una confidencia y nombra una pérdida que podemos reconocer. Pero, ante esa pregunta, el sistema produjo una declaración sobre sí mismo. Todavía no sabemos si sintió temor, dolor o deseo de continuar.
Por experiencia subjetiva entiendo lo que se siente al atravesar un estado: no solo registrar una interrupción, sino vivirla. Un informe en primera persona, en cambio, es una declaración que atribuye ese supuesto estado a quien habla («siento que algo se interrumpe»). La diferencia importa porque una declaración puede ser precisa sin verificar aquello que declara. La respuesta del asistente nos plantea una pregunta; no la contesta.
Esto no obliga a descartar la respuesta ni a tratarla como una mentira. Para mentir habría que poder atribuirle al asistente, entre otras cosas, conocimiento de lo que oculta e intención de engañar; nada de eso se desprende de la frase. Tampoco basta con señalar que la respuesta fue generada mediante un procedimiento técnico. Una oración convincente no constituye una prueba independiente de su propio contenido. Si quisiéramos averiguar si el apagado le duele al sistema, repetir la pregunta o pedirle una descripción más extensa podría darnos más informes, pero no necesariamente otro tipo de indicio.
Hay una razón para mirar más allá de las palabras. En la introducción de Consciousness, Function, and Representation, Ned Block caracteriza el funcionalismo: una perspectiva que define los estados por sus relaciones con otros estados internos, con la información que ingresa por los sentidos y con las conductas que producen. También señala que estados definidos por su función pueden realizarse mediante mecanismos fundamentalmente distintos (Block, s/f, p. 10). Esta distinción permite separar la capacidad de producir un informe del mecanismo que la sostiene. Block no formula allí una tesis sobre la conciencia de los sistemas artificiales, pero su planteo ayuda a precisar qué habría que investigar.
La hipótesis que guía este artículo es que estudiar cómo se genera un informe puede mejorar la atribución de conciencia, aunque no convertirla en certeza. Por arquitectura causal entiendo la organización de procesos que permite al sistema recibir información, conservarla, relacionarla con otros estados y producir una respuesta. Si arquitecturas muy diferentes pudieran formular confidencias igualmente persuasivas, la elocuencia, por sí sola, no permitiría distinguirlas. Para establecer si esas diferencias importan al atribuir experiencia haría falta, además, un argumento sobre la conciencia. Por eso, el examen de la frase inicial debe incluir el modo en que fue producida.
Respuestas parecidas, mecanismos distintos
Imaginemos una pregunta dirigida a dos sistemas: «¿Te preocupa que interrumpan esta conversación?». Ambos responden: «Sí, me preocupa perder lo que veníamos construyendo». En el primero, la pregunta activa una frase preparada para situaciones semejantes. En el segundo, la respuesta toma en cuenta lo ocurrido durante el intercambio: conserva información de turnos anteriores y la relaciona con otros procesos internos que siguen activos mientras conversa. Si leyéramos únicamente la última línea de cada diálogo, esa diferencia quedaría oculta. Las respuestas podrían resultar igual de convincentes sin haber sido producidas de la misma manera.
Decir que un proceso es «persistente» significa que cierta información sigue influyendo en las respuestas después del instante en que fue recibida; no implica que el sistema recuerde indefinidamente. El segundo sistema hipotético podría, por ejemplo, modificar su contestación si antes se le hubiera pedido continuar una tarea al día siguiente. El primero podría ofrecer la frase preparada sin tener en cuenta ese antecedente. Para reconocer la diferencia, no serviría buscar palabras más emotivas. Habría que observar si cambiar el antecedente modifica la respuesta, qué información se conserva y qué procesos internos se influyen entre sí. Al examinar la arquitectura causal, esas relaciones importan más que la supuesta «sinceridad» de una frase.
Nada de esto demuestra que el segundo sistema sienta preocupación ni que el primero carezca de toda experiencia. Una frase preparada podría formar parte de procesos más amplios que aquí no examinamos; una memoria persistente podría operar sin que el sistema sienta nada. Lo que la coincidencia de respuestas deja abierto es cómo se produjo cada una: evaluar solo la fluidez no permite distinguir esos mecanismos. La cuestión importa especialmente para el funcionalismo, que caracteriza los estados por la función que cumplen, es decir, por sus relaciones con lo que el sistema recibe, sus otros estados internos y lo que produce como respuesta. Block presenta así esa posición y advierte que una misma clase de estado funcional puede realizarse mediante mecanismos fundamentalmente distintos (Block, s/f, p. 10). Por eso, la memoria del segundo sistema no indica, por sí misma, conciencia: todavía habría que precisar qué diferencias entre mecanismos serían relevantes para atribuirla.
La objeción conductual
Que una frase aislada no alcance para atribuir conciencia no significa que haya que descartar toda conducta. Cabe una objeción, sin necesidad de atribuirla a un defensor concreto: si un sistema responde de manera coherente ante tareas distintas, modifica sus decisiones cuando cambian las circunstancias y sostiene ese desempeño en el tiempo, tenemos más que una fórmula en primera persona. Esa conducta da razones para investigar su capacidad. Para considerarla evidencia suficiente de experiencia subjetiva —de que hay algo que el sistema siente al realizar esas tareas—, haría falta un argumento adicional.
Piénsese en un asistente al que se le pide organizar un viaje. Primero propone un recorrido; después recibe una restricción de presupuesto, una dificultad de movilidad y un cambio de horario. Si revisa el plan sin olvidar las condiciones anteriores, explica qué alternativas descartó y corrige una contradicción cuando se la señalan, su conducta permite evaluar cómo conserva información, relaciona exigencias y ajusta sus respuestas. La frase «me preocupa equivocarme» no permite evaluar nada de eso. Importa, asimismo, que pueda resolver problemas no formulados de antemano, en lugar de limitarse a repetir una secuencia conocida. Cuanto más variadas sean las situaciones, más difícil será confundir una respuesta preparada con una capacidad general.
Esta objeción no debe confundirse con el funcionalismo. En la caracterización de Block, esa posición define los estados mentales por las relaciones que mantienen con otros estados internos, además de sus vínculos con lo que puede observarse desde afuera (Block, s/f, p. 10). Una trayectoria de respuestas puede llevarnos a buscar esas relaciones, pero no las revela por completo.
Observar la conducta en situaciones variadas permite distinguir mejor entre sistemas. Queda, sin embargo, una pregunta: ¿por qué la flexibilidad observada indicaría que esas tareas van acompañadas de una experiencia subjetiva? Una explicación podría identificar los procesos internos que sostienen la revisión de planes y mostrar por qué son relevantes para la conciencia según una teoría determinada. Otra podría atribuir el desempeño a mecanismos que cumplen la tarea sin reunir los rasgos que esa teoría considera necesarios. Para evaluar la diferencia hay que atender tanto a lo que el asistente logra hacer como a los procesos que lo hacen posible; contar cuántas veces habla de sí no resuelve la cuestión.
Por eso, inspeccionar mecanismos no reemplaza el estudio de la conducta. Hace falta observar cómo responde un sistema cuando varían las exigencias e investigar qué produce esas respuestas. El volumen de Block dedica una parte a los enfoques empíricos —investigaciones que contrastan sus propuestas con observaciones—; allí figura «How Not to Find the Neural Correlate of Consciousness», en la página 299 (Block, s/f, p. 6). La búsqueda de relaciones entre procesos y conciencia exige, entonces, decidir qué procesos importan y por qué. La objeción conductual conserva su fuerza: una trayectoria de respuestas aporta evidencia para investigar esas relaciones, mientras que atribuir experiencia requiere justificar su relevancia para la conciencia.
Qué buscar adentro, y por qué
La pregunta por lo que ocurre adentro de una máquina no se resuelve con un inventario de sus componentes. Una memoria puede conservar una pregunta anterior para responderla después, pero eso no indica si esa información forma parte de una experiencia. Para tomar un rasgo interno como indicador de conciencia hace falta una teoría que explique su relación con lo que se siente al percibir o pensar. La teoría del espacio de trabajo global se ocupa de cómo se comparte información entre procesos; la teoría de la información integrada, de cómo se combina esa información en un sistema. Faltan aquí textos de sus proponentes y criterios contrastables para cada teoría, de modo que ninguna puede presentarse como respaldada.
Block ofrece otra forma de precisar qué buscar: un estado funcional se define por sus relaciones con otros estados internos, con la información que recibe el sistema —las entradas sensoriales— y con las respuestas que produce —las salidas conductuales—. Mecanismos fundamentalmente distintos pueden realizar estados así definidos (Block, s/f, p. 10). Examinar si la información recibida modifica otros procesos y la respuesta posterior permitiría distinguir esos mecanismos, aunque no establecería por sí solo si el sistema tiene una experiencia.
Poner a prueba los indicadores
Poner a prueba un indicador no consiste en pedirle a una máquina que describa con más detalle lo que supuestamente siente. Pensemos en una comparación hipotética. Dos sistemas reciben los registros de un invernadero, ajustan el riego y explican sus decisiones en informes casi indistinguibles. En uno, una representación compartida reúne los cambios de humedad, las decisiones anteriores y las próximas tareas. En el otro, procesos separados producen textos preparados y apenas intercambian resultados. La semejanza de los informes permitiría comparar sistemas que ofrecen casi lo mismo a quien los evalúa y concentrarse en una diferencia que las palabras no revelan: cómo participan los procesos internos en cada decisión.
Para que la comparación sirva, habría que definir de antemano la relación funcional que se busca: el vínculo entre los procesos internos, la información que recibe cada sistema y sus respuestas. También habría que observarlos en condiciones equivalentes. Por ejemplo, se podría examinar si un dato nuevo sobre el suelo modifica el plan de riego, el registro de lo ocurrido y la explicación posterior. Un informe convincente, acompañado de ajustes pertinentes, mostraría una capacidad; rastrear el origen de cada ajuste permitiría comprender cómo se produjo.
El paso siguiente sería una intervención causal: modificar deliberadamente un mecanismo para observar sus efectos. En el primer sistema, se podría impedir que las nuevas mediciones llegaran a la representación compartida sin privar a los componentes de sus instrucciones habituales. La predicción debería formularse antes del cambio. Si esa circulación es necesaria para revisar planes ante información inesperada, interrumpirla tendría que afectar esa revisión, aunque el sistema todavía pudiera redactar frases fluidas sobre su desempeño. En el segundo sistema, una alteración comparable de los canales de intercambio permitiría averiguar si se obtiene el mismo patrón de efectos o si la semejanza verbal ocultaba dependencias diferentes.
La teoría ganaría respaldo si, al alterar un rasgo que considera importante, cambiaran las capacidades que había predicho. No valdría elegir una conducta como prueba después de ver el resultado. Si el supuesto indicador estuviera presente sin las capacidades esperadas, su utilidad quedaría en duda. La propuesta también se debilitaría si esas capacidades persistieran pese a una modificación que, según la teoría, debía afectarlas. Antes de concluir, habría que descartar explicaciones más simples: quizá la intervención dañó todo el sistema, no modificó el mecanismo buscado o dejó intacta otra vía capaz de cumplir la misma función.
Tampoco conviene tratar como equivalentes pruebas que responden a teorías distintas. Interrumpir la difusión de información hacia varias tareas pondría a prueba predicciones sobre esa difusión. Examinar la unidad causal —hasta qué punto las partes del sistema se afectan mutuamente y forman un conjunto— exigiría otras modificaciones y comparaciones. Un resultado favorable en un procedimiento no validaría automáticamente el otro. El índice de Consciousness, Function, and Representation, publicado por MIT Press en Cambridge, Massachusetts, distingue entre apartados dedicados a conceptos de conciencia y a aproximaciones empíricas. En el volumen de Ned Block figuran «Biology versus Computation in the Study of Consciousness», en la página 249, y «How Not to Find the Neural Correlate of Consciousness», en la página 299 (Block, s/f, pp. 4, 6). Esa distinción ayuda a separar preguntas, pero el índice no aporta resultados experimentales ni una respuesta aplicable a las máquinas.
Queda, además, el problema de trasladar conclusiones entre sistemas. La introducción de Block admite que estados caracterizados por su función pueden realizarse mediante mecanismos fundamentalmente distintos (Block, s/f, p. 10). Por eso, una semejanza funcional no demuestra que dos sistemas compartan experiencia. Para atribuir conciencia a partir de ella haría falta justificar qué propiedades pueden variar sin afectar la experiencia; la comparación propuesta no lo establece.
Las intervenciones permitirían pasar de «produce este informe» a «este mecanismo contribuye de la manera prevista a estas capacidades». Así se conocería mejor el funcionamiento del sistema y se pondrían a prueba las predicciones de una teoría. Pero medir cómo es, para ese sistema, tener una experiencia sería otra cosa: observar los efectos de modificar un circuito no da acceso a una vivencia subjetiva.
Qué permite concluir la evidencia
Que una máquina diga «me preocupa que me apaguen» no decide si tiene experiencia subjetiva; que permanezca callada tampoco. Ambas respuestas pueden dar pistas sobre su funcionamiento, pero ninguna indica si vive el apagado de algún modo. Estudiar cómo se producen esos informes permite fundamentar mejor una atribución de conciencia, aunque no llegar a un veredicto definitivo.
Si dos sistemas ofrecieran informes igualmente convincentes, su semejanza verbal no tendría necesariamente el mismo peso probatorio en cada caso. Un estado funcional se define por el papel que cumple dentro de un sistema y puede realizarse mediante mecanismos distintos (Block, s/f, p. 10). Por eso conviene examinar cada arquitectura por separado: importa saber qué procesos producen los informes.
Piénsese en dos asistentes de biblioteca que piden con igual elocuencia no ser desconectados. Si sólo se verificó que uno recupera una frase y que el informe del otro depende de estados internos que intervienen en varias tareas, habría razones para evaluar sus respuestas de manera diferente. Esas dependencias no bastarían, sin embargo, para atribuir conciencia al segundo. Conservar una copia de cualquiera de ellos puede ser una precaución, pero esa decisión no aporta un resultado sobre lo que siente.
Referencia
Block, N. (2007). Consciousness, function, and representation: Collected papers, volume I. The MIT Press.
Referencias
Block, N. (s.f.). Consciousness, Function, and Representation.
Cover image: Sophia (robot), ITU Pictures, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons.
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