Publicado originalmente en Justicia Liberal.
La postal azul y el recuerdo de mi viejo
Anoche, mientras scrolleaba distraído, me crucé con la noticia: el Congreso se iluminó de azul para celebrar la autonomía de Chaco y La Pampa. Según Diario Norte, el gesto conmemoró el 75° aniversario de que ambas dejaran de ser territorios nacionales para convertirse en provincias. Imposible no acordarme de mi viejo, que cada vez que escuchaba la palabra “autonomía provincial” repetía, con su ironía de almacenero jubilado: “Son como los adolescentes, piden independencia pero después lloran por la mensualidad”. La imagen del Palacio Legislativo teñido de azul me pareció linda, pero enseguida me pregunté: ¿de qué autonomía estamos hablando realmente?
La trampa de la coparticipación: autonomía de cartón
La Constitución Nacional, en su artículo 1, adopta la forma federal de gobierno. Ese diseño, que tanto defendieron Alberdi y los constituyentes del 53, suponía provincias dueñas de su destino, con recursos propios y la libertad de administrarse sin pedir permiso a Buenos Aires. Sin embargo, la historia argentina torció ese ideal. Hoy, la mayoría de las provincias no sobrevive sin la coparticipación federal de impuestos, un sistema que reparte plata de todos los argentinos con criterios más políticos que técnicos.
Chaco y La Pampa no son la excepción. Aunque sus banderas flameen orgullosas, sus cuentas están atadas al goteo automático de la AFIP. No es ningún secreto: en promedio, más del 60% de los ingresos totales de las provincias argentinas proviene de transferencias nacionales. En el caso chaqueño, el empleo público representa más del 30% del empleo total —según datos del INDEC—, una muestra clara de una economía que no produce lo suficiente para sostenerse sola. Iluminar el Congreso de azul es un homenaje a la fecha patria, pero también un recordatorio incómodo: la autonomía de verdad empieza cuando dejás de pedirle plata a papá.
Competencia fiscal: el motor que nos falta
Los que leímos a Hayek sabemos que el federalismo no es solo una división de poderes, sino un mecanismo de descubrimiento. Cuando las provincias compiten entre sí, bajan impuestos, mejoran servicios y atraen inversiones. Es el famoso “voto con los pies” de Tiebout: si un distrito se vuelve inviable, la gente y las empresas se mudan. Eso obliga a los gobiernos locales a ser eficientes, a no derrochar, a cuidar el bolsillo del contribuyente.
Pero en Argentina, la coparticipación mató esa competencia. Las provincias no necesitan seducir a nadie porque reciben cheques automáticos, gordos y sin condiciones. Así, la autonomía que celebramos se reduce a un ritual vacío: himno, acto protocolar y después a hacer cola en la ventanilla del Ministerio de Economía. La verdadera liberación provincial sería permitir que cada una recaude y administre sus propios impuestos, que decida su nivel de gasto y que asuma las consecuencias de sus decisiones. Mientras eso no ocurra, seguiremos iluminando edificios pero no iluminando la realidad fiscal.
El elefante en la habitación: el gasto público provincial
No todo es culpa del centralismo porteño. Las provincias han hecho de la “autonomía” un cheque en blanco para hinchar el Estado local. Chaco, por ejemplo, tiene una planta de empleados públicos que asfixia cualquier intento de desarrollo privado. Cada nuevo aniversario de la provincialización trae consigo más nombramientos, más cargos políticos, más cajas. Y lo mismo se repite en La Pampa, donde el Estado provincial es el principal empleador y la actividad privada pelea contra una maraña de regulaciones y burocracia.
Ese modelo no es autonomía, es clientelismo disfrazado de federalismo. La luz azul debería ser también un llamado de atención: no alcanza con recordar la fecha en que nos convertimos en provincia; tenemos que preguntarnos si estamos a la altura de lo que significa serlo. Porque una provincia que no genera riqueza genuina, que no cuida el mango, que no libera a sus ciudadanos de impuestos asfixiantes, no es autónoma: es una sucursal de la dádiva nacional.
¿Qué haría Alberdi?
Cuando Juan Bautista Alberdi escribió las Bases, imaginó provincias pujantes que compitieran por el progreso. No soñó con gobernadores que viajan a Buenos Aires a rogar por adelantos de coparticipación ni con legislaturas que aprueban presupuestos inflados con plata ajena. La autonomía que celebramos hoy necesita una cirugía mayor: menos dependencia fiscal, más responsabilidad local, y un Gobierno nacional que deje de comportarse como un cajero automático para los caprichos provinciales.
El gesto del Congreso iluminado es emotivo, lo concedo. Pero ojalá en los próximos aniversarios, además de luces de colores, veamos provincias con superávit fiscal, con sistemas impositivos simples, con sectores privados florecientes. Ahí sí valdrá la pena prender las luces. Hasta entonces, la autonomía seguirá siendo una deuda pendiente, tan azul como la bandera chaqueña, pero tan roja como sus números.
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