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Sergey Shinder
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Automaticé el despliegue y lo primero que gané fue confianza

Antes desplegábamos los jueves por la noche. Nunca los viernes, regla sagrada, por miedo a arruinar el fin de semana de alguien. El despliegue era un ritual de dos horas con una persona senior al mando leyendo pasos de un documento, otra vigilando registros, y el resto del equipo conteniendo la respiración. Cuando esa persona senior se enfermaba, no se desplegaba. Así de frágil era.

La gente suele pensar que automatizar el despliegue es sobre velocidad. Para mí fue sobre otra cosa mucho más valiosa: repartir la confianza para que no viviera en una sola cabeza.

Empecé por lo aburrido. Escribí, paso a paso, todo lo que esa persona senior hacía de memoria. Cada comando, cada verificación, cada "ah, y si pasa esto, entonces aquello". El documento salió larguísimo y feo, y fue el mejor mapa que tuvimos jamás de nuestro propio proceso. Automatizar empieza por entender de verdad qué haces a mano.

Luego convertí ese documento en un proceso automático, pieza a pieza. No de golpe. Primero la parte de construir el artefacto. Después la de aplicar migraciones con red de seguridad. Al final, el despliegue en sí, con una comprobación de salud automática que decidía si seguir o retroceder solo.

El día que un desarrollador junior desplegó a producción él solo, un martes cualquiera, sin sudar, sin pedir ayuda, sin que se cayera nada, supe que había ganado. No porque fuera rápido. Porque el conocimiento que antes vivía preso en una persona ahora vivía en un proceso que todos podían leer, entender y mejorar.

La automatización bien hecha no le quita el trabajo a nadie. Le quita el miedo. La regla de "nunca los viernes" desapareció, no porque nos volviéramos temerarios, sino porque el despliegue dejó de ser un acto de fe y pasó a ser algo tan aburrido y predecible como debe ser.

Y un despliegue aburrido es un equipo que duerme bien. Eso, para mí, es la mejor métrica de todas.

– Sergey Shinder

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