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Andres R
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El Nodo Tecnológico: ¿Celebración o espejismo de crecimiento sin Estado?

Publicado originalmente en Eduqueros.


El contexto de la celebración

El pasado 23 de septiembre se dio a conocer que el Nodo Tecnológico cumple su tercer año de vida y, para marcar la fecha, organizó una Tech Week y el VIII Congreso Argentino de Ingeniería. La iniciativa, impulsada por organismos privados y universitarios, pretende posicionar a la región como un polo de innovación. Sin embargo, el mero hecho de celebrar no implica que se esté construyendo una verdadera cadena productiva nacional.

¿Qué significa el Nodo Tecnológico para la industria nacional?

Desde la perspectiva heterodoxa, la tecnología es una herramienta al servicio de la industria, no del sector de servicios ni de la exportación de talento. La experiencia de la década de 1990 muestra que los parques tecnológicos sin respaldo estatal tienden a reproducir modelos de outsourcing que solo generan empleo precario y escasa transferencia de conocimientos. En el caso argentino, la falta de una política de absorción tecnológica —por ejemplo, subsidios a la inversión de capital fijo en fábricas— limita la capacidad del Nodo para traducir startups en fábricas de bienes con alto valor agregado.

Impacto real en salarios y empleo formal

Los datos del INDEC indican que la tasa de desempleo registrado en el cuarto trimestre de 2025 se situó en el 7,8 %, mientras que el empleo informal alcanzó el 31 % del total. En el sector tecnológico, la mayor parte de los puestos son temporales o de tipo freelance, lo que mantiene los salarios reales por debajo de la inflación acumulada del 140 % desde 2020. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires (2024) muestra que los salarios promedio de los programadores junior rondan los 180 000 pesos mensuales, apenas el 65 % del salario promedio del sector manufacturero formal. Por lo tanto, la celebración del Nodo no se traduce en una mejora sustancial del poder adquisitivo de la clase trabajadora.

El rol del Estado: política industrial y financiación

Aquí es donde la defensa del rol activo del Estado cobra sentido. La heterodoxía económica, sustentada por autores como Kicillof y Basualdo, propone un modelo de “industrialización tecnológica” que combine inversión pública en I+D + I con líneas de crédito blandas del BCRA para pymes manufactureras. Según el BCRA, el crédito a la industria productiva creció sólo un 2,3 % en 2025, mientras que el crédito a servicios aumentó un 8,9 %. Sin una reorientación de la política crediticia, los fondos que circulan por la Tech Week terminarán en la compra de software importado, reforzando la dependencia externa.

La experiencia de la década del kirchnerismo muestra que la inversión estatal en sectores estratégicos (como la energía y la agroindustria) generó empleo estable y aumentó la distribución del ingreso. Replicar esa lógica en la tecnología implica crear un fondo nacional de innovación que priorice proyectos que produzcan bienes tangibles (equipos médicos, componentes electrónicos, maquinaria agrícola) y que estén vinculados a la cadena productiva nacional.

Conclusiones: de la fiesta a la acción estructural

Celebrar el tercer aniversario del Nodo Tecnológico es legítimo, pero debe ir acompañado de una crítica constructiva: sin una política industrial estatal, la iniciativa corre el riesgo de convertirse en un espectáculo de consumo de capital sin generación de valor real. La agenda heterodoxa exige que el Estado vuelva a ser el motor de la inversión productiva, que se priorice la distribución del ingreso y que se garantice la soberanía económica mediante la creación de capacidades locales. Solo así la Tech Week podrá ser una verdadera herramienta de transformación estructural y no una fiesta de marketing.

Según el comunicado oficial, el Nodo Tecnológico proyecta atraer 150 mil dólares de inversión en los próximos dos años. Ese número, aunque alentador, debe medirse contra la necesidad de al menos 1.200 mil millones de pesos en inversiones productivas para cerrar la brecha de empleo formal que el país lleva acumulando desde la crisis de 2001. La respuesta no está en la celebración, sino en la planificación estatal.

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