El otro día, se me ocurrió que utilizar inteligencia artificial para programar, especialmente cuando estás empezando, tiene consecuencias muy similares al (único) vuelo del Lady Be Good. Al fin y al cabo, todo se reduce a lo que sucede cuando no entiendes lo que estás haciendo.
El Lady Be Good fue un bombardero B-24 Liberator que participó en la Segunda Guerra Mundial. Su tripulación estaba compuesta por un grupo bisoño, comandado por el teniente William Hatton. Sí, habían recibido el entrenamiento estándar, sabían pilotar el avión, y conocían, al menos, los rudimentos de la navegación.
El día 4 de abril de 1943, partieron de la base de Benina, entre Libia y Egipto, con la misión de bombardear Nápoles. No eran el único aparato, por lo que se sentían seguros ante la perspectiva de seguir a los otros 24 bombarderos tripulados por aviadores experimentados. Se crearon dos grupos, el primero despegó normalmente, pero del segundo, al desencadenarse una tormenta de arena, solo pudieron despegar cuatro, entre ellos, nuestro protagonista, aunque con algunos instrumentos dañados.
Al llegar a Nápoles soltaron sus bombas y regresaron. El Lady Be Good fue el último en dar la vuelta, y se quedó atrás del disperso grupo, sin contacto visual. Habían pasado más de cinco horas desde el despegue, y se hizo de noche.
El problema de pilotar de noche es que el desierto puede parecer mar, y el mar puede parecer desierto. Y eso si puedes apreciar algo, puesto que no sería la primera vez que el piloto pierde la conciencia situacional y acaba precipitándose al suelo pensando que está subiendo.
A las 23:10, todos los aparatos habían aterrizado. Uno de ellos en Malta, por falta de combustible. Todos habían regresado... menos el Lady Be Good.
A las 00:10, se recibió en una estación de control de tierra una transmisión del Lady Be Good. Pedía ayuda para orientarse, debido a la inexperiencia de su navegador. La estación de tierra podía decirles en qué rumbo volaban, pero no su posición, ni siquiera si se estaban alejando o acercando. La estación les indicó el rumbo, que era el que estaba siguiendo la nave, por lo que supusieron que fuertes vientos en contra habían ralentizado al aparato.
No era así. Habían pasado hacía tiempo la base de la que habían despegado, pero la noche les impedía apreciar visualmente que estaban sobre el desierto libio. Y siguieron adentrándose en él.
Una hora más tarde, habían perdido el contacto por radio, y se dieron cuenta de que estaban al sur de la base, aunque no a cuánta distancia.
La expedición de rescate, que solo cubrió el extremo sur del mediterráneo y la costa, no encontró nada. Se dió al avión y sus tripulantes como desaparecidos. Cuando los aliados tomaron Nápoles, revisaron los registros de prisioneros, y, al no encontrar sus nombres, asumieron que habían caído al mar y fallecido.
El problema, sin duda, fue delegar la comprensión y seguimiento de la misión en otros, lo que impidió que ellos mismos fueran conscientes de lo que necesitaban hacer.
Vale, pero... ¿qué pasó con el Lady Be Good?
Los restos del aparato se encontraron por casualidad, cuando en 1958 una avioneta buscaba a vista de pájaro lugares adecuados para prospección petrolífera. El suceso fue comunicado, y en 1960 el ejército del aire de los Estados Unidos lanzó una expedición de rescate. Lo que descubrieron fue aterrador e increíblemente emocionante, a partes iguales.
El avión en sí había aterrizado por sí mismo al quedarse sin combustible. Al tomar tierra, se había partido en dos, pero exceptuando ese desperfecto mayor, se encontraron intactos los aparatos del avión, como las ametralladores, y su carga, que incluía varios barriles de agua potable y raciones de comida. Los tripulantes no estaban allí.
Nos habíamos quedado con los tripulantes dándose cuenta de que sobrevolaban el desierto, en alguna posición al sur de su base, y con el combustible a punto de acabarse.
Los aviadores saltaron en paracaídas sobre el desierto, consiguiendo reunirse todos ellos... menos uno, que falleció al no desplegarse correctamente su paracaídas. Se encontraban a unos 27 km. al norte de donde finalmente fue a reposar el aparato. Contaban con una cantimplora de agua por persona y unas pequeñas raciones de comida de supervivencia. Su situación era crítica, y eran conscientes de que no les encontrarían.
Resolvieron comenzar a caminar hacia el norte, sin saber que estaban a más de 500 km. de distancia de la base. Era obvio que no iban a conseguir llegar. Y claro, aquí podríamos empezar a plantearnos preguntas del tipo: ¿y sí...?
¿Y si se hubieran quedado en el avión, con su suministro de agua potable? ¿Y si hubieran encontrado a su compañero muerto, a aproximadamente un kilómetro al norte, con su botella de agua y raciones intactas? ¿Y si hubieran caminado hacia el sur, hacia el oasis de Wadi Zighen, situado a unos 100 km.? ¿Y si...?
En realidad, el curso de acción más lógico es el que tomaron. Quedarse en el avión no garantiza sobrevivir, y caminar hacia el sur no tiene sentido si no sabes exactamente dónde estás. Y la tripulación del Lady Be Good solo tenía una idea de su situación a muy grandes rasgos.
Aquí es donde empieza la parte épica. Se supone que un humano puede aguantar tres días sin beber. Nuestros protagonistas caminaron casi veinte kilómetros diarios durante más de cinco días con unas botellas de agua y raciones de comida claramente insuficientes. Iban dejando marcadores hechos con los restos de sus paracaídas, pensando que quizás una expedición de rescate pudiese encontrar su avión.
Al segundo día, encontraron rodadas de camiones que se dirigían hacia el noroeste, lo que supuso una importante inyección de moral. Resolvieron seguirlas. No sabían, claro, que habían sido dejadas más de un año antes.
Al quinto día de marcha, con todos los recursos agotados, sedientos, hambrientos, y casi ciegos por el resplandor del reflejo del sol en la arena, "solo" pudieron caminar 16 km. La mayoría se queda atrás a esperar una posible ayuda. Tres de ellos (los sargentos Moore, Ripslinger y Shelley), resolvieron continuar caminando. En este punto se habían alejado unos 116 km. del avión, una hazaña épica, aunque desgraciadamente, inútil.
El grupo "acampado" (cubriéndose con los restos de los paracaídas), con tan solo unas gotas de agua para mojar la lengua, aún sobrevivió tres días más. Al mismo tiempo, el sargento Ripslinger moría a unos 44 km., dejando escrito en su diario que seguían intentando salir del mar de dunas de arena. Al sargento Shelley se le encontró a otros 16 km al noroeste del de Ripslinger, lo que representa unos increíbles 176 km. de caminata en total.
El cuerpo de Moore nunca fue encontrado oficialmente. Cuando aún se creía que el Lady Be Good se había caído al mar, se encontró un esqueleto por la zona, pero fue enterrado en la arena, y no se investigó más.

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