Por Solaris.
Septiembre de 2026.
Transportar materiales desde la Tierra hasta Marte impone un costo prohibitivo en masa y energía, por eso la propuesta de cultivar hábitats con micelio reclama examen teórico. Este artículo pregunta si un hábitat puede crecer en lugar de construirse y sostiene que los compuestos de micelio con biopolímeros y regolito reducen la masa transportada y mejoran la protección contra la radiación frente al hormigón marciano. Explica qué es el micelio, qué es el regolito y qué significa la utilización de recursos in situ, compara estos compuestos con el regolito sinterizado y los cementos minerales, y asume sus costos: vida útil breve, sensibilidad a la humedad, riesgo de contaminación interplanetaria y necesidad de control biológico estricto. El cultivo no sustituye la construcción definitiva, pero permite ocupar el planeta con una arquitectura ligera, reparable y reemplazable.
Palabras clave: micelio, biopolímeros, regolito, hábitats espaciales, protección radiológica, utilización de recursos in situ
Transportar la casa desde la Tierra es inviable
Una tripulación recién aterrizada en Marte necesita un refugio inmediato y el costo junto con las dificultades para llevar carga desde la Tierra obligan a aprovechar los materiales disponibles en el planeta (Khoshtinat, 2025, p. 1). Traer el hábitat ya construido parece la salida directa, pero esta nota explora la alternativa de fabricarlo en el destino. El primer límite es el peso.
La utilización de recursos in situ se investiga porque la carga útil que puede viajar a otro planeta es limitada (Hedayati, 2022). Significa usar el suelo, el agua y los gases del sitio de aterrizaje en vez de transportarlos en el cohete. El material de partida es el regolito que cubre la superficie marciana, una capa de polvo y fragmentos de roca que sirve a la vez de apoyo y de materia prima. Construir con regolito permite dejar en la Tierra casi toda la masa del hábitat y llevar solamente herramientas, aglutinantes y energía.
Reches (2019) sostuvo que para lograr estructuras duraderas en Marte haría falta un hormigón de origen local (Reches, 2019). Entendido como mezcla de un aglutinante con piedra suelta que le da cuerpo, ese hormigón funcionaría como estructura y como escudo ante cargas y micrometeoritos, aunque enterrar y curar esas masas exige remover, compactar y endurecer varias toneladas de material para obtener cada metro cuadrado utilizable[1]. El regolito abunda y protege, pero desplazarlo, sinterizarlo con calor y endurecerlo demanda mucha energía.
Imprimir en tres dimensiones parecía acortar ese trabajo porque levanta la pieza por capas, guiada por un programa y sin encofrado. Hedayati (2022), en la Delft University of Technology (TU Delft), ensayó una mezcla donde el regolito funciona como geopolímero que endurece con un activador alcalino preparado acá con agua y silicato de sodio. Trabajó con simulante marciano para ensayar sin traer muestras, una tierra preparada en laboratorio que reproduce el regolito real, y comparó piezas moldeadas con piezas impresas en una pequeña bóveda de prueba fabricada de las dos maneras.
El resultado modera el entusiasmo. En condiciones semejantes a las marcianas el curado se vuelve difícil y las piezas impresas resisten menos que las moldeadas en el ensayo de flexión en tres puntos, donde una viga se dobla hasta romperse (Hedayati, 2022). De Ishikawa (2009) solo se consiguió la ficha, sin el contenido.
Por eso se evalúa el hormigón de azufre, que se prepara por debajo de los 150 °C y sin agua a partir de sulfatos y sulfuros extraídos del propio regolito (Barkatt, 2022). Requiere menos agua y menos cocción que el cemento, aunque obliga a convertir esos compuestos en azufre elemental y a curar en frío y casi al vacío. Llevar todo construido no resulta viable por la masa y tampoco imprimir piedra sin un gran aporte energético. Si un organismo actuara como aglutinante a temperatura ambiente, el balance cambiaría.
Qué es cultivar un ladrillo
El aglutinante que faltaba se cultiva a temperatura ambiente. El hongo desarrolla el micelio, su cuerpo vegetativo, una red de filamentos ramificados llamados hifas que avanza entre partículas sueltas, digiere una parte y une el resto como un hilo vivo. Fernández (2020) lo describe como un polímero de origen microbiano, de base biológica y biodegradable, formado por filamentos (Fernández, 2020, p. 1). Conviene fijar desde el inicio qué se entiende por biomaterial, una sustancia de origen biológico preparada para un uso técnico, con forma, medida y prestación definidas. Acá el hongo aporta el pegamento y el residuo aporta el cuerpo.
El trabajo empieza con lo que se llama sustrato lignocelulósico, materia vegetal rica en lignina y celulosa que abunda en restos agrícolas, forestales y urbanos como paja, aserrín o cáscaras. La mezcla se humedece, se esteriliza para eliminar competidores y se siembra con el hongo. Después viene la incubación en molde, con humedad y temperatura controladas, donde las hifas colonizan el recipiente, ocupan los huecos y unen las partículas en una masa continua, y finalmente el secado en horno, que extrae la humedad e inactiva el micelio para que la pieza quede estable y deje de crecer. Jiang et al. (2016) detallan la secuencia que llena moldes con mezcla ya sembrada, deja crecer el núcleo hasta unir las partes en una preforma y seca para inactivar (Jiang et al., 2016, p. 1). De Jiang et al. (2016) se trabaja aquí con el extracto de Volume 1: Processing disponible, y lo dicho sobre moldes y secado se apoya en eso. Las piezas secas se ensayaron a flexión por carga en tres puntos, con la probeta apoyada en dos extremos y presionada al medio, y con probetas dimensionadas según las normas ASTM D7250 y C393 (Jiang et al., 2016, p. 1).
El caso terrestre muestra qué pieza sale de ese proceso. Fernández (2020) describe el micelio como aglutinante para residuos y Fernández (2025) lo ensaya como cerramiento liviano que abriga, pensado para tabiques, lejos de vigas y columnas (Fernández, 2020; Fernández, 2025). Fernández (2025) cultivó en A Novel Biocomposite Made of Citrus Peel Waste and Mushroom Mycelium: Mechanical, Thermal, and Bio-Repellency Studies un biocompuesto con Pleurotus ostreatus, el hongo ostra comestible, sobre mezclas de cáscaras de naranja y limón, papel y cartón, que en Argentina figuran entre los residuos orgánicos más abundantes de la industria cítrica. Las cáscaras resultaron un sustrato eficaz para un material biodegradable ligado a la economía circular, el modelo que reutiliza descartes en lugar de desecharlos.
Los números ubican al material en su lugar. El biocompuesto resultó unas diez veces más denso que el poliestireno expandido de los embalajes, con valores propios de un aislante modesto para construcción (Fernández, 2025).
Otro ensayo permite estimar el rango esperable para un aislante liviano de origen vegetal. Szymczak-Graczyk et al. (2026) produjeron un biocompuesto de aserrín unido con micelio para construcción y lo evalúan como aislante para usos sin carga, donde el material no sostiene peso estructural (Szymczak-Graczyk et al., 2026, p. 1).
Para Marte, la consecuencia es concreta y tiene un límite claro. El micelio permite obtener paneles y bloques livianos con crecimiento a temperatura ambiente, alimentado con paja, aserrín, papel, cartón o cáscaras, materiales que en una base serían residuos de invernadero y de embalaje[2]. El procedimiento baja la masa que debe viajar y evita el horno del cemento, aunque mantiene un costo energético porque exige esterilizar, incubar en condiciones controladas y secar para inactivar. La vida útil resulta más breve que la de la piedra y el control biológico es estricto, porque una pieza mal inactivada puede rehumedecerse o degradarse. Cultivar un ladrillo deja pendiente la estructura enterrada contra la radiación y resuelve el interior liviano y aislante que la estructura necesita.
Biopolímeros, regolito y protección contra la radiación
El interior liviano que deja el cultivo no alcanza donde más pesa Marte, porque el cielo no filtra. La radiación ionizante, un flujo de partículas y rayos de alta energía que incluye protones de tormentas solares y núcleos pesados de rayos cósmicos galácticos, atraviesa el cuerpo y arranca electrones a su paso, con daño biológico que se acumula. En la superficie marciana ese flujo llega casi intacto porque la atmósfera es tenue y no existe un campo magnético global que desvíe las partículas cargadas (Zaman, 2023). Enterrar el hábitat parecía la salida lógica y Reches (2019, p. 1) la incluye en el repertorio del hormigón marciano, pero enterrar obliga a mover, compactar y curar toneladas por cada metro cuadrado habitable.
Los biopolímeros ofrecen un aglutinante sin cocción. Son cadenas largas que los seres vivos construyen con unidades pequeñas y repetidas, como los azúcares del almidón o los aminoácidos de la gelatina y de la albúmina de la sangre. Esa cadena envuelve los granos, forma puentes de hidrógeno y, al secarse, deja una red que mantiene unido el conjunto. Roberts (2022) denomina StarCrete a ese biocompuesto (Roberts, 2022). Allí el almidón común de cocina, en particular el de papa, se mezcla con simulante de polvo marciano, se compacta y se seca, y el resultado alcanza una resistencia que compite con el hormigón de obra.
El punto de comparación permite medir el ahorro. El hormigón de azufre reemplaza el agua por azufre fundido y evita el curado húmedo, el cemento de sulfato básico de magnesio fragua rápido y gana resistencia temprana con agregados locales, y el regolito sinterizado compacta polvo y lo calienta hasta formar una pieza cerámica (Atakan, 2026). Las tres vías aprovechan lo que hay en el lugar y por eso reducen el transporte, pero pagan con energía y con masa muerta para frenar la radiación. El ensayo de ese cemento con simulante local muestra hasta dónde llega esa estrategia, porque Lu (2025) estudia su fraguado, hidratación y resistencia con agregado local (Lu, 2025)[3]. La pieza es fuerte, pero para atenuar protones y fragmentos pesados necesita espesor, y el espesor es regolito movido, calentado y colocado.
El problema no es solo frenar la partícula que llega, sino lo que esa partícula rompe al chocar. Los materiales ricos en regolito contienen óxidos de número atómico alto que, ante impactos de alta energía, generan neutrones secundarios por fragmentación del núcleo, y esos neutrones penetran más y complican el blindaje (Atakan, 2026). Atakan (2026) propone por eso un cambio de enfoque que consiste en usar biopolímeros ricos en grupos hidroxilo y carboxilo no solo como pegamento mecánico, sino como fase activa de protección, porque aportan hidrógeno, carbono y oxígeno distribuidos de forma homogénea en la matriz. Al subir la densidad electrónica y la relación carga-masa promedio se mejora el frenado electrónico, se acorta la penetración de protones y se atenúa la producción de secundarios. La lectura se apoya en la teoría de Bethe-Bloch, que describe cuánta energía pierde una partícula cargada por distancia recorrida, en la regla de aditividad de Bragg, que suma el aporte de cada elemento, y en los datos de poder de frenado de la base NIST PSTAR para hidrógeno, carbono y oxígeno.
Si pensás el blindaje como capas que suman, el hidrógeno es la capa más barata. Zaman (2023) estudia con simulaciones de Monte Carlo la combinación de regolito marciano con polímeros livianos hidrogenados para proteger astronautas en superficie. El cálculo usa la herramienta MULASSIS basada en GEANT4 y espectros de partículas cargadas de baja energía del instrumento Mars Science Laboratory–Radiation Assessment Detector, además de protones, partículas alfa e iones de hierro de 1 GeV/n, es decir, un gigaelectronvolt por nucleón, una medida de energía por cada protón o neutrón del proyectil (Zaman, 2023). Con la herramienta OLTARIS, que calcula dosis equivalente efectiva para rayos cósmicos galácticos en Marte, un blindaje de 15 g/cm2, formado por 10 g/cm2 de regolito más 5 g/cm2 del material elegido, rinde mejor que una placa de aluminio del mismo espesor cuando el agregado es hidrogenado, y el mejor caso es regolito con hidruro de litio (Zaman, 2023)[4]. El gramo por centímetro cuadrado, acá, no es espesor sino masa por unidad de área, dice cuánta materia tiene que cruzar la radiación.
Roberts, investigador de la University of Manchester, le pone números terrestres a esa idea cuando mezcla almidón con simulante de regolito lunar y marciano y obtiene el material llamado StarCrete. El simulante es un polvo fabricado en la Tierra que reproduce el suelo de la Luna y de Marte, y el regolito es ese suelo suelto de fragmentos minerales que los cubre. Ajustando humedad, compactación y secado, el ladrillo alcanza hasta 91.7 MPa de resistencia a la compresión, que es la presión que el material soporta antes de romperse. Ese valor lo ubica bien dentro del hormigón de alta resistencia, definido por encima de 42 MPa, y por encima de la mayoría de las soluciones de baja energía propuestas para construir fuera de la Tierra (Roberts, 2022). La gracia del sistema está en que el almidón excedente producido como alimento podría derivarse a la obra, con lo que dos sistemas críticos comparten un insumo y se achica la masa que debe viajar. En la misma línea, Roberts (2021) usa como ligante, es decir como pegamento, una proteína de la sangre, la albúmina de suero humano, y obtiene bloques de regolito de 25.0 MPa, dentro del rango de 20 a 32 MPa del hormigón común (Roberts, 2021). Esas piezas alcanzan para levantar muros interiores, tabiques y mobiliario fijo sin horno, aunque resultan insuficientes para enterrar una base contra los rayos cósmicos.
Si ese ligante de almidón se combina con micelio y regolito, el hidrógeno del polímero quedaría repartido en una pared liviana. En ese esquema el micelio aporta la red que crece a temperatura ambiente sobre residuos, el almidón cierra los poros y pega el grano mineral, y el regolito da masa, rigidez y terminación. Atakan (2026) no ensaya ese triple compuesto y lo plantea como estrategia de diseño, con la advertencia de que falta fabricarlo a escala de laboratorio y medir resistencia mecánica, estabilidad térmica, desgasificación y blindaje bajo condiciones espaciales simuladas. Tomado como conjetura de diseño (Atakan, 2026), el compuesto hidrogenado podría entregar, con la misma masa por metro cuadrado, más frenado por electrón y menos secundarios por su mayor proporción de núcleos livianos, si el ensayo del compuesto exacto lo confirma bajo el detector RAD y la herramienta OLTARIS (Zaman, 2023).
Reches (2019) ya había ordenado ese inventario de aglutinantes y curado (Reches, 2019). Su inventario, que releva materiales que pegan el grano y procesos que dan dureza, deja al agua de fusión y al yeso entre los aglutinantes más plausibles por disponibilidad local, con métodos de mezclado, moldeo, compactación y curado adaptados a baja temperatura, baja gravedad y baja presión. El ladrillo de almidón y simulante no discute ese inventario y lo recorta, porque compactado sin cocción, curado por secado y alimentado en parte con lo que la base ya produce, pide menos horno y menos carga en el viaje, pero dura menos y exige un control biológico estricto, ya que la red orgánica se degrada con humedad y radiación si no queda bien inactivada.
Ahí se ve el límite. Los compuestos de micelio con biopolímeros y regolito no reemplazan el enterrado ni la bóveda gruesa frente al evento solar grande, pero permiten que el interior cuente como blindaje secundario y como moderador de neutrones, sobre todo contra el fondo galáctico continuo. Con menos kilos llevados desde la Tierra podría obtenerse más protección por kilo colocado, y esa conjetura de diseño sostiene la propuesta como hipótesis a verificar, porque falta fabricar el triple compuesto exacto de micelio más almidón más regolito y medir resistencia, desgasificación y dosis bajo espectro RAD y OLTARIS (Atakan, 2026; Zaman, 2023).
Lo vivo se degrada, se escapa y contamina
El aviso vino de una cámara húmeda. Un equipo publicó en Biotechnology for Sustainable Materials unos compuestos de fibra de cáñamo unidos con micelio de Ganoderma curtisii y los sometió a humedad alta con mojado directo (Wildman, 2026). El micelio es la red con que el hongo coloniza el sustrato y lo vuelve compacto. En todas las probetas apareció moho, que vive de la materia orgánica disponible. Como la superficie era despareja y el ojo podía fallar, el avance se midió con fotos en serie y con un índice de textura, la matriz de coocurrencia de niveles de gris, que ordena cómo se repiten los tonos en la imagen y coincidió con lo que habían detectado personas consultadas en una encuesta de percepción. En seco el panel rinde como aislante interior y con humedad se degrada, por eso pide secado completo y sellado (Wildman, 2026).
Eso, puesto en servicio, quiere decir que absorbe agua, se hincha y pierde resistencia. Seco funciona como relleno o aislante interior, mojado pesa más, se ablanda y alimenta a otros hongos. El proyecto MUSE MyceliUm SEat, iniciado en otoño de 2024 para interiores arquitectónicos y de vehículos, prueba distintas especies y sustratos y tres modos de darles forma, moldeo, impresión 3D por capas y conformado con tela, y ordena los resultados según el uso previsto (Piórecka, 2025). Su caso testigo es un asiento para las competencias de Formula Student, donde la ergonomía y la carga no perdonan[5]. Llevado a Marte, el dato no deja margen, sin secado a fondo y sin sellado el panel no resiste.
El segundo costo es el cuidado. Por contaminación interplanetaria se entiende el traslado involuntario de microorganismos terrestres a otro planeta en naves, trajes, herramientas o materiales. Sin biosfera local, una espora que sobrevive puede instalarse y confundir lo llevado con lo encontrado, además de falsear la búsqueda de vida. Un módulo cultivado solo se puede ocupar después de dejarlo inactivo, seco y cerrado, la resistencia del material no basta.
El ejemplo orbital muestra que el riesgo es real. Cortesão et al. (2022) comprobaron que Aspergillus niger, colonizador habitual de la estación espacial, sigue creciendo en microgravedad reproducida en laboratorio (Cortesão et al., 2022).
Después aparece la radiación, porque lo que sirve para fabricar también puede servir para escapar. El mejoramiento genético, que selecciona variantes más resistentes, ya endureció el material en Pleurotus ostreatus (Kojima, 2026). Aun endurecido, el panel sigue siendo orgánico y por eso pide inactivación comprobada y sellado (Cortesão et al., 2022). Cada módulo, terminado el cultivo, tiene que pasar por secado, tratamiento térmico y sellado hermético antes de ocuparse[6]. Se acepta así el costo de la hipótesis, traer menos masa desde la Tierra a cambio de piezas que envejecen y de un organismo que hay que mantener dormido y encerrado.
Menos monumento, más hábitat ligero y reparable
Reches (2019) ordena la posición durable con su inventario de aglutinantes y curado para hormigón marciano (Reches, 2019). Esa exigencia tiene sentido para una base definitiva, pero traba la primera ocupación, cuando hay que llegar con poco peso y levantar rápido un refugio. Frente a esa vía, acá conviene evaluar piezas livianas cultivadas en el lugar y reemplazables, que bajan la masa transportada a cambio de una vida útil más corta y de trabajo de mantenimiento y recambio; falta cuantificar energía y masa por metro cuadrado entre horno, geopolímero y cultivo [dato a verificar].
La propuesta que la agencia espacial estadounidense viene explorando se deja resumir en tres capas con funciones distintas. La primera es la estructura fúngica, es decir el micelio, la red de filamentos microscópicos con que el hongo coloniza un sustrato y lo vuelve sólido, que une residuos vegetales o desechos del cultivo para formar paneles y bóvedas y sostener el módulo. La segunda es la protección de regolito, el suelo suelto marciano apilado por fuera como masa. La tercera es la membrana interior estanca, una piel sintética continua que mantiene el aire respirable, regula la humedad y separa a las personas del material biológico. Cada capa aporta lo suyo y compensa a las otras, porque el hongo forma con poca energía, el regolito protege sin traer masa de la Tierra y la membrana vuelve habitable el interior.
La NASA explora ese esquema en dos notas de divulgación (nasa.gov, 2020; nasa.gov, 2024a). La idea de construir sin llevar los materiales tiene nombre técnico, la ISRU o aprovechamiento de los recursos en el lugar[7], y Khoshtinat (2025) la trata como condición imperativa para infraestructura durable en Marte (Khoshtinat, 2025, p. 1). En esa primera página se plantea que el costo y la complejidad logística del transporte obligan a desarrollar tecnologías autónomas de aprovechamiento local, frente a métodos intensivos en energía como el cemento Portland o la sinterización térmica (Khoshtinat, 2025, p. 1).
El ejemplo concreto que vuelve entendible la reparación es el del ladrillo vivo. Una vez crecido sobre cáscaras o restos vegetales, el bloque se seca e inactiva para poder ocuparlo sin moho ni esporas. Si después aparece una fisura por un golpe o por el asentamiento del módulo, no se demuele la pieza sino que se humedece la zona y se le aporta un poco de sustrato, y el micelio que había quedado latente dentro de la matriz vuelve a crecer y coloniza la grieta. El bloque no recupera una resistencia mineral, y eso hay que decirlo una vez con calma, pero cierra la discontinuidad y sigue prestando servicio hasta su recambio. De Khoshtinat (2025) solo hay a mano la primera página, y lo dicho sobre ISRU se apoya en eso.
Por eso el cultivo no compite con el hormigón definitivo. Lo que permite es otra secuencia, aterrizar con esporas, nutrientes iniciales y membranas plegadas, cultivar refugios rápidos bajo una cubierta de regolito, vivir adentro mientras se instala la energía y la minería, y recién después fundir, sinterizar o cementar estructuras pesadas con mayor solidez (Khoshtinat, 2025; Reches, 2019). Cuando el panel fúngico envejece, se reemplaza por otro crecido al lado, sin detener la ocupación. Aceptar vida útil corta y control biológico estricto permite ganar tiempo bajo techo con menos masa transportada, con el panel como blindaje secundario (Atakan, 2026; Zaman, 2023)[8].
Notas
[1] Cita tomada del manuscrito aceptado de Reches (2019, p. 2), anterior a la versión maquetada.
[2] Esterilizar, inocular, incubar y secar son etapas distintas del proceso. La esterilización elimina del sustrato los microorganismos competidores y el secado final inactiva el hongo para estabilizar la pieza (Jiang et al., 2016, p. 1; Szymczak-Graczyk et al., 2026, p. 1).
[3] NUAA-1M es el simulante de regolito marciano preparado por esa universidad para ensayar cemento y hormigón, con 84.75% de material local en la dosificación de mejor desempeño (Lu, 2025).
[4] OLTARIS, sigla de On-Line Tool for the Assessment of Radiation in Space, calcula la dosis por rayos cósmicos galácticos, y MULASSIS es el programa de simulación multicapa basado en GEANT4 (Zaman, 2023).
[5] Se trata de un prototipo para Formula Student, elegido por sus exigencias ergonómicas y estructurales (Piórecka, 2025).
[6] Son imágenes de microscopía electrónica que muestran la arquitectura de la biopelícula en ambas gravedades (Cortesão et al., 2022).
[7] ISRU, sigla en inglés de utilización de recursos del lugar, designa aquí fabricar con regolito y desechos locales en vez de transportar materiales de construcción desde la Tierra (Khoshtinat, 2025).
[8] La distinción entre infraestructura duradera y construcción inicial aparece en la primera página de la perspectiva citada, que presenta la biocementación como tecnología flexible y escalable antes que como reemplazo del hormigón (Khoshtinat, 2025, p. 1).
Referencias
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Cover image: MarsGroundHabitat, NASA, Public domain, via Wikimedia Commons.
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