En los últimos años se ha instalado la idea de que la inteligencia artificial es la respuesta natural a cualquier problema complejo. Sin embargo, desde una perspectiva de arquitectura de sistemas, esa suposición rara vez se sostiene.
Muchos problemas pueden resolverse de forma determinista, con reglas claras, comportamiento predecible y responsabilidad bien definida. En esos casos, introducir IA no necesariamente mejora el sistema; a menudo lo vuelve más opaco, más costoso y más difícil de justificar cuando algo falla.
La verdadera fortaleza de la IA aparece cuando el problema es inherentemente incierto, ambiguo o probabilístico. Pero incluso ahí, la IA no debe confundirse con autoridad.
La pregunta correcta no es si la IA puede resolver un problema, sino:
¿dónde termina el análisis y comienza la decisión?
¿quién sigue siendo responsable del resultado?
¿qué ocurre cuando el sistema se equivoca?
Sin límites claros, la IA puede optimizar procesos, pero también diluir la responsabilidad.
Y sin responsabilidad, no hay gobernanza.
Por eso, en sistemas críticos y contextos sensibles, la IA no debe sustituir la estructura de decisión humana, sino reforzarla dentro de límites bien definidos.
La tecnología puede escalar capacidades.
La gobernanza es lo que preserva la legitimidad.
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